La otra inteligencia
La pregunta incomoda, pero circula cada vez con más fuerza: ¿las pantallas están “arruinando” el cerebro de chicos y chicas? Durante gran parte del siglo XX, los tests de inteligencia mostraron una tendencia clara: cada generación obtenía mejores resultados que la anterior. Sin embargo, ese patrón se detuvo y comenzó a invertirse a fines del siglo pasado. Según esas mismas mediciones, los jóvenes de hoy puntúan, en promedio, por debajo de sus padres.
El fenómeno se profundizó en la última década, en paralelo con la masificación de los smartphones y las redes sociales. En Argentina, un estudio de UNICEF indica que adolescentes de entre 12 y 17 años pasan más de nueve horas diarias frente a pantallas. Algunas investigaciones asocian este uso intensivo con dificultades para sostener la atención, menor memoria de corto plazo y obstáculos para el pensamiento abstracto.
Pero no todos los especialistas leen estos datos del mismo modo. Un sector de la comunidad científica cuestiona que los viejos tests puedan capturar las habilidades que emergen en la cultura digital. Señalan que la atención fragmentada permite realizar múltiples tareas en simultáneo, que existe una mayor plasticidad cognitiva para adaptarse a contextos cambiantes y que aparecen formas de inteligencia que no encajan en los parámetros tradicionales.
Incluso en el plano emocional, las nuevas generaciones muestran ventajas: menos prejuicios, menos mandatos rígidos y mayor apertura a la diversidad. Capacidades sociales, adaptativas y creativas que también forman parte de la inteligencia, aunque no siempre sean medidas.
El debate sigue abierto. Tal vez no se trate de una generación menos inteligente, sino de un cambio profundo en la manera de pensar, aprender y habitar el mundo.