IA concentrada.
Nos dijeron que la tecnología venía a igualar, pero la cancha está más inclinada que nunca.
El desarrollo de la inteligencia artificial —ese que promete cambiarlo todo— depende de un recurso tan escaso como estratégico: el poder de cómputo. Centros de datos gigantes, miles de microchips, energía abundante. Y sobre todo: muchísima plata.
El problema es que ese poder está concentrado en muy pocos países. Según un informe reciente de la Universidad de Oxford, solo 32 países tienen centros de datos avanzados. ¿Dónde están? En su mayoría, en el hemisferio norte. Sudamérica, Asia y África corren desde muy atrás. Sin acceso a esos recursos, no hay ciencia, no hay industria, no hay posibilidad real de competir.
Argentina, a pesar de tener talento técnico de primer nivel, enfrenta un cuello de botella brutal. Los chips son caros, difíciles de conseguir y están en el centro de una disputa geopolítica feroz. Estados Unidos y China imponen condiciones para venderlos, y los países periféricos quedan atrapados en medio de esa pulseada. Mientras tanto, la fuga de cerebros se acelera y los trabajos que quedan son precarios y mal pagos.
¿Hay alternativas? Sí. Brasil, por ejemplo, decidió invertir 4 mil millones de dólares en esta carrera tecnológica. En cambio, el gobierno argentino eligió otro camino: regalar territorio, agua y energía barata para que las grandes corporaciones monten sus propios centros de datos en la Patagonia. Un modelo extractivista que no transfiere conocimiento, no genera empleos de calidad y no deja desarrollo.
El futuro digital ya llegó. La pregunta es: ¿quién lo va a escribir? ¿Vamos a quedarnos mirando desde afuera o vamos a pelear por un lugar en el tablero?